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Carta sobre la democracia Lana Bastašić

Dubravka Ugrešić. Foto: Judith Jockel, 2010

Querido Arnon,

Iba a escribir una carta totalmente distinta pero entonces llegó la vida. O la muerte. Es lo mismo.

Estaba en una librería en Berlín comiéndome un rollo de canela (por lo visto ya no se puede hacer eso en las librerías) y leyendo a bell hooks cuando descubrí que Dubravka Ugrešić había muerto. Me enteré de la peor manera posible — por las redes sociales — aunque no estoy segura de que haya una buena manera de enterarse de la muerte de tu amiga. Me mudo demasiado como para tener a alguien cercano que venga, me mire con preocupación, tome mi mano y me diga “tengo malas noticias”. No conozco a nadie en esta ciudad, no lo suficiente como para dejar que tome mimano. Así que me senté allí con mi maldito rollo de canela, con un libro de amor en la mano y con un sentimiento de rabia absoluta.

Recuerdo que mi hermana, que es psicóloga, me hizo descargar hace poco una aplicación que te ayuda a encontrar la expresión adecuada para cada emoción mientras la sientes. Me dijo que podría ayudarme a fijar mis sentimientos con palabras concretas. Así que abrí la aplicación y bajé hasta la categoría “alta energía desagradable”. Las palabras flotaron por mi pantalla en burbujas rojas y naranjas. Impactada. Aterrorizada. Abrumada. Nerviosa. Asustada. Furiosa. Ninguna de ellas funcionaba. Necesitaba una única palabra para mi autora yugoslava preferida ha muerto, y resulta que también era una buena amiga y la única mujer que tuve como ejemplo en esta profesión y estoy enfadada con ella porque teníamos que vernos en dos meses. Pero el idioma me falló. Otra vez.


O céu

Cielo. Foto: Gérard Wormser

Entonces miré al libro de bell hooks que aún sostenía en mi mano. La palabra amor en minúsculas — Dubravka también escribió sobre el amor, sobre escribir para ser amada. Cuando me dolía el estómago, me hacía té de menta. Cuando Europa dolía, ella escribía. Y, ya que era tantas cosas a la vez, y al mismo tiempo ninguna (yugoslava, croata, neerlandesa, post esto y lo otro, bruja, mujer, escritora), pensé que era lo más cerca que he estado de definir lo que realmente significaba europea.

Siempre he tenido una relación complicada con las etiquetas de identidad basadas en la geografía. Mi primer pasaporte fue yugoslavo y mi madre aún lo guarda en una vieja caja de zapatos, junto con una lista de instrucciones post-Chernóbil para padres. En Croacia éramos serbios y tuvimos que marcharnos por lo que la propia Dubravka describió en sus ensayos como aire puro croata. Justo cuando sus colegas profesores de la universidad y periodistas la estaban excomulgando por manifestarse contra el nacionalismo, nosotros estábamos instalándonos en Bosnia por las mismas razones. Yo era la chica croata en Banja Luka por mi acento de Zagreb.


Um painel em Bruxelas

Europa, tierra de exilio. Foto: Gérard Wormser

Mi padre corregía mi vocabulario en la mesa como si nuestra sagrada serbiedad dependiera de que yo usara la palabra correcta para la cuchara. Años después, cuando me mudé a Belgrado, de repente era la chica bosnia, ya que mi acento de Zagreb había desaparecido hace tiempo, sustituido por vocales de Krajina, que mis profesores y muchos de mis compañeros de universidad despreciaban. Fuera donde fuera, era una extraña y el idioma que hablaba me traicionaba. Finalmente, cuando me mudé a Barcelona a mis veintitantos años, cuando alguien me preguntaba de dónde era simplemente decía yugoslava. No era por nostalgia, sencillamente no me apetecía dar una clase de media hora sobre historia de los Balcanes a nadie. Sin embargo, nunca dije europea.

En España no tardé mucho en darme cuenta de que era de todo menos europea. Mis amigos tenían un montón de historias fascinantes sobre el Erasmus y cambiaban rápidamente de tema cuando se acordaban de que dicho programa nunca existió para los estudiantes bosnios. Su europeidad estaba llena de palabras con las que no me podía identificar; en lugar de eso, encontré mis propias definiciones desentrañándolas. Backpacking significaba tener un pasaporte funcional. Millennial, que había electricidad en tu hogar. Interrail era el Expreso de Hogwarts. En algún punto, rechacé una invitación a una fiesta titulada I miss the nineties! y decidí culpar al dolor de cabeza en vez de dar una lección a un grupo de backpacking millennials sobre la matanza que ocurrió en mi país en aquella época.

A mis veintimuchos, Europa no era más que una serie de y si que me hacía sentir amarga y cínica. ¿Y si hubiera tenido una mejor carrera? ¿Y si hubiera visto el mundo? ¿Y si hubiera crecido echando de menos los noventa? Y aunque me importara en cierto sentido, a mí me parecía que a esta Europa — blanca, cristiana, rica — yo no le importaba demasiado. No sabía nada sobre mi abuela que sobrevivió a la caída de un rayo con cuatro años, le encantaban Maria Callas y las telenovelas mexicanas, y tenía que presentar una autorización escrita para ir al mercado porque tenía un nombre musulmán. Algunos de los hombres que le pedían la documentación fueron sus alumnos de primaria en el colegio local.

Esta Europa pronto empezaría a pagarme por hablar sobre la guerra. Parece que no quería más que escuchar historias macabras. Yo era la chica bosnia en un sofisticado teatro belga, hablando sobre las secuelas de la guerra a gente que necesitó 150 años para quitar la estatua del rey Leopoldo II. Era la chica bosnia en una librería española hablando sobre las secuelas de la guerra a la gente cuyo dictador murió tranquilamente en su cama tras restaurar la monarquía y aún tenía flores en su tumba. Era la chica bosnia sentada en el salón bohemio de una baronesa de la Toscana hablando de las secuelas de la guerra a la gente que pronto dejaría a Giorgia Meloni hacerse con el control de su país. Nunca fui europea, porque no querían a Europa. Querían a la chica bosnia.


Congresso Eurozine sobre o multilinguismo

Congreso de Eurozine sobre el multilingüismo. Foto: Sens public, 2008

Pronto me di cuenta también de que las historias bosnias se contaban más en alemán o en inglés. Los autores bosnios que escribían historias tristes sobre la guerra eran muy apreciados siempre que escribieran en un “idioma grande”. Lo ideal sería que hubieran crecido fuera. Lo ideal sería que no tuvieran acento. Vi a esos autores ganar premios, recibir becas, viajar por el mundo. Y, aunque algunos de ellos son escritores excepcionales y, en mi opinión, se merecen toda la fama y la gloria, mis y si europeos no tardaron en alcanzarme de nuevo. ¿Y si nos hubiéramos ido de Croacia a Reino Unido? ¿A Alemania? ¿A Francia? ¿Y si hubiera sido una backpacking millennial que escribe historias tristes sobre la guerra en un Interrail de Berlín a Praga? El rencor es un muro muy complicado de derribar cuando se construye desde una ausencia de privilegio.

Aún así, Duvrabka me enseñó que el rencor, pese a que los ex yugoslavos vamos a sentirlo siempre respecto a Europa en mayor o menor medida, puede en ocasiones ganar la batalla, pero nunca la guerra. La escritura es comunicación. La comunicación es Amor con A mayúscula. Allí no hay sitio para el rencor. No hay sitio para el cinismo. Me enseñó que Europa puede significar lo que yo quiera, y que, a través de mi propio proceso de definición, puede tal vez crecer, expandirse para recibir a sus otros. El lenguaje, en otras palabras, puede des-otrizarte.

He construido mi propia europeidad muy tarde. Lo he hecho basándome en una idea europea de Amor como el arma definitiva contra el cinismo y una aceptación radical de la diferencia, como dijo Alain Badiou. Es el deseo de comunicar, de conectar, aunque no tengas el privilegio de poder hacer un Interrail a los veintipico. Escribe, me dijo Dubravka. En vez de quejarte sobre tus y si, siéntate y escribe.

En contra de toda la obsesión del mercado con la autoayuda, con el yo, yo y yo, alimentada por potentes algoritmos que sólo sirven para guiarnos directamente hacia productos a nuestra medida, creo que todavía hay sitio en Europa para salir de nuestra burbuja. Todavía hay sitio para sentarse en la acera por la tarde y hablar en un mal alemán con la mujer turca que está cerrando su tienda y quiere llegar a casa a ver un reality. Y cuyo nombre, creo, suena como el de mi abuela. Y también creo que Duvrabka la querría mucho.


capa do livro Museu da Rendição Incondicional

El museo de la rendición incondicional, libro de Dubravka Ugrešić. Foto: editor

Lana Bastašić

Traducción del inglés por Javier Herrero González

Lana Bastašić (Zagrebe, 1986) és una escritora, novelista y traductora serbo-bosnia. Ganó el Premio de Literatura de la Unión Europea con su primera novela, Catch the rabbit, que explora cómo afrontar la vida en un país dividido por la guerra de Yugoslavia. También escribe poesía y relatos cortos.


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